LAZARILLO DE TORMES. Explicación

EXPLICACIÓN: EL LAZARILLO DE TORMES

LOS BUENOS: HIPÓCRITAS Y ACOMODADOS

          Señor, yo determiné arrimarme a los buenos.  Es la contestación que da Lázaro al arcipreste de San Salvador.

            – Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas, nunca medrará. Digo esto porque no me maravillaría alguno, viendo entrar en mi casa a tu mujer y salir della. Ella entra muy a tu honra y suya, y esto te lo prometo. Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo a tu provecho».

   – Señor -le dije-, yo determiné de arrimarme a los buenos (…)

         Pero, ¿quiénes son los buenos? ¿Cuál es el mensaje final de la obra? ¿Qué ha aprendido Lázaro a lo largo de su vida?

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         Lázaro ha aprendido que para disponer de dinero y una vejez asegurada, lo mejor es conseguir un buen trabajo. Por lo tanto, los buenos son las personas acomodas y los que trabajan, y no los ladrones ni los criminales.

         Lo segundo y lo más importante, es que los buenos saben mirar a otro lado cuando les conviene. Lo esencial para los buenos es su propio interés. Su gran preocupación es el beneficio propio y no la moral. 

         Como dice Lázaro en el último tratado, está agradecido al ciego por lo mucho que le enseñó. Del ciego aprendió a vivir con astucia. De sus otros amos (el buldero, el escudero y los clérigos) no aprendió valores como la justicia, la solidaridad, la sinceridad o la valentía, sino que es lícito aprovecharse de los demás. En realidad, los buenos son unos hipócritas.   

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         Los buenos sólo se inmutan sí les tocan sus propios intereses. No les afecta en absoluto la injusticia que hay a su alrededor. Como decía Martin Luther King, el cual fue asesinado por defender los derechos de los negros en Estados Unidos: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que me preocupa es el silencio de los buenos”. 

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EL SÍ DE LAS NIÑAS. Explicación

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EL AMOR EN LA ILUSTRACIÓN

En plena crisis de la institución del matrimonio, los ilustrados se encontraron con un hecho muy llamativo: los jóvenes querían imperiosamente casarse con la persona que habían elegido ellos mismos, y para ello estaban dispuestos a correr todo tipo de riesgos. Los ilustrados aceptaron de buen grado ese deseo, sólo que adaptándolo al beneficio de la sociedad.

La muestra más clara de la crisis del matrimonio en el siglo XVIII era el cortejo. El cortejo era el acompañante necesario de una dama. En una reunión social estaba mal visto que el marido cogiera la mano a su mujer, pero estaba bien considerado  que la mujer paseara del brazo de su cortejo. Las mujeres elegían a su cortejo cuidadosamente entre  varios  candidatos.  La  gran  diferencia  con  su  marido  consistía  en  que  podían prescindir de él a su antojo.

siLos  matrimonios   en  el  siglo  XVIII,  como  había  sucedido  durante  siglos,  se concertaban, esto es, los padres elegían con quien debían casarse sus hijos para así unir las familias y los patrimonios. Aunque los padres solían buscar parecidos caracteres  para  que  la  pareja  fuera  estable,  en  realidad,  la  única  exigencia  era  que tuvieran hijos que a su vez heredasen el patrimonio. En el siglo XVIII se daba por hecho que tanto la mujer como el hombre cumplirían con este requisito, pero también que cada uno viviría su propia vida. Esto se manifestaba en la construcción de las casas de los más pudientes.  De hecho, la mujer y el hombre accedían por puertas independientes a su propias estancias.

En la España  del siglo XVIII, uno de los países  en los que la Inquisición  seguía actuando, se abrían brechas en la institución del matrimonio. Se daban situaciones extravagantes como que se veía de forma natural que se formalizase, al igual que el matrimonio,  la relación  con  el cortejo  o  con la amante.  Por  ejemplo,  Manuel  Godoy, primer ministro del rey Carlos IV se casó en secreto con su amante Pepita Tudó  y de forma oficial con María Teresa de Borbón.

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Sin embargo, el amor salió a escena con fuerza. Ahora, fundamentalmente en las novelas, se mezclaban dos conceptos hasta ahora separados: el matrimonio y el amor. Los ilustrados le dieron la bienvenida sin disimulos. La pasión era buena, siempre que se recondujera adecuadamente. Estaban de acuerdo con que los jóvenes se casaran según su elección. Solamente que con ciertas condiciones. Este es el mensaje que se trata de transmitir en El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín.

La primerísima condición era que contasen con la autorización de los padres. Otra condición era que se unieran parejas de parecida edad y jóvenes con el fin de asegurar la descendencia. Y, finalmente, que fueran de semejantes en educación y clase social para que la pareja fuera estable.

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Con el paso del tiempo y en pleno siglo XXI, el modelo de matrimonio que propusieron los ilustrados sigue vigente. Están mal vistos los matrimonios entre personas de diferente edad y los matrimonios se celebran de forma habitual entre personas de igual educación y condición social. Sin embargo, la  autoridad  de  los  padres  está  más  cuestionada. Ahora  los  padres despliegan mil estrategias para que sus hijos hagan la mejor elección posible. Saben perfectamente que si sus hijos eligen bien con quien casarse y consiguen un buen trabajo, tendrán  una  vida  razonablemente  feliz.  El gran  problema  es  el  de  siempre,  que  se interponga en el camino de sus hijos el loco amor.

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